Nuria lleva ocho años detrás de la barra de una cafetería con obrador en la parte de atrás. Tres frigoríficos: la vitrina de los pasteles, la cámara del obrador y el congelador. Y una obligación que no discute nadie: anotar la temperatura de cada uno, mañana y tarde, todos los días, para el registro de autocontrol.
El sistema hasta ahora era una hoja plastificada dentro de una carpeta colgada de un gancho al lado de la cámara. Sale húmeda, el boli patina, alguien la cambia de sitio. Y pasa lo que pasa: se apunta el jueves porque el jueves estabas ahí, y el resto de la semana se rellena el domingo tirando de memoria y de buena fe. Que es exactamente lo contrario de para lo que sirve un registro.
Lo que pidió
Quiero una hoja de temperaturas para tres neveras: vitrina, cámara y congelador. Mañana y tarde. Que cada nevera tenga su rango y se me ponga en rojo si me paso, con un hueco para escribir qué hice. Y que pueda ver el mes entero de un vistazo.
Lo escribió así, tal cual, sin pensar en pantallas ni en botones. Es como se lo explicaría a un empleado nuevo.
Lo que salió
Una sola pantalla, con la fecha de hoy arriba y seis casillas grandes —tres neveras por dos turnos— pensadas para teclear con el dedo y el guante puesto:
- Cada frigorífico con su rango editable: la vitrina y la cámara por un lado, el congelador por otro.
- Si el número se sale, la casilla se pone en rojo y aparece debajo un campo de medida correctiva. Si no lo rellenas, el día se queda marcado como incompleto.
- Una vista de mes en cuadrícula, con los días sin apuntar en gris. A un golpe de vista se ve el agujero.
- Un botón de imprimir que saca el mes en una hoja con el formato de siempre.
Nada de esto viajó a ningún sitio. La app se generó dentro del navegador de Nuria y los datos se quedan ahí, en su tablet, que es lo que le importaba por dos motivos muy terrenales. El primero: la cámara está en el sótano y ahí el móvil no da ni una raya, así que cualquier cosa que necesite conexión para guardar un número es inútil justo donde hay que anotarlo. El segundo, más de fondo: un registro con sus incidencias y sus correcciones es la clase de papel que prefiere tener en su casa y no en el servidor de una empresa que igual cierra en dos años.
A los tres días volvió a pedirle un cambio: una casilla con las iniciales de quien apunta, porque en el turno de tarde hay dos personas y quería saber quién había visto el número. Diez segundos de pedirlo y listo. No hay soporte al que escribir ni versión de pago que desbloquee el campito.
La carpeta sigue colgada del gancho, por si acaso. Pero lleva un mes en blanco.
Si tienes una hoja mojada colgada de un gancho, cuéntaselo a Elffuss Claw con tus palabras: se genera en tu navegador, en el momento, y lo que apuntes no sube a ningún sitio.
Abrir Claw →