Iván entrena a un alevín en un club de barrio de Alcorcón. Catorce niños de once y doce años, un campo municipal donde la cobertura va y viene, y un problema que se repite cada sábado: al acabar el partido no tiene ni idea de cuánto ha jugado cada uno.
No es obsesión estadística. En su categoría la norma del club es clara —juegan todos— y él la quiere cumplir de verdad, no de memoria. Siempre acabas tirando de sensación, dice. Y la sensación siempre favorece al que mejor lo hace.
Probó lo que había. Apps de gestión de equipos pensadas para clubes con veinte categorías: registro, correo, contraseña y meter la plantilla entera antes de dejarte tocar nada. Iván no quiere gestionar un club. Quiere una pantalla.
Lo que pidió, con sus palabras
Una cuadrícula con los catorce nombres de mis jugadores. Toco un nombre y empieza a contarle el tiempo; lo vuelvo a tocar y para. Que se vea en grande quién lleva menos minutos acumulados. Al final, la lista ordenada de menos a más. Nada más.
Lo que apareció
Una rejilla de catorce tarjetas. Verde, en el campo. Gris, en el banquillo. Arriba, el cronómetro del partido con botón de parar en el descanso. Y abajo, en letra bien grande, la única frase que Iván mira cada cinco minutos: quién lleva menos.
Sobre la marcha pidió dos cosas más:
- Que sumara los minutos de partidos anteriores, para repartir con criterio de temporada y no solo de sábado.
- Un botón de copiar que dejara la lista lista para pegar en el grupo de padres.
Las dos llegaron en la misma conversación, sin reinstalar nada. La app final cabe en una pantalla y no tiene ni un menú.
Por qué mola que se haga aquí
Lo que Iván escribe son catorce nombres de críos de once años. Nada de eso es un dato inocente, y por eso importa dónde acaba: el modelo escribe la app dentro de su navegador y los nombres se quedan en el aparato que se lleva a la banda. Ni cuenta, ni servidor, ni un formulario de consentimiento que nadie lee. Como no hay nada que consultar fuera, tampoco importa que en el campo el móvil se quede sin datos a mitad del segundo tiempo.
Y si el sábado que viene necesita otra cosa —un contador de faltas, una hoja de convocatoria, un sorteo de quién lava los petos—, no se pone a buscar app. La pide.
Abre Elffuss Claw, cuéntale en dos líneas esa herramienta pequeña que llevas meses echando de menos, y míralo montarla ahí mismo, en tu navegador, sin subir un solo dato a ninguna parte.
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