Chema lleva veinte años con diabetes tipo 1 y cuenta raciones de hidratos casi sin pensar. Le sale bien de cabeza. El lío empezó cuando su endocrina le pidió llevarlo apuntado: dos semanas, comida a comida, para revisar las dosis de la basal.
Probó tres apps. La primera le pedía cuenta y correo antes de dejarle escribir una sola cifra. La segunda tenía una base de datos de alimentos enorme en la que no estaba el pan de su panadería, que es el que come todos los días. La tercera iba fina, pero lo guardaba todo en su servidor, y a Chema no le apetece que su historial de comidas y de glucosa viva en el ordenador de un desconocido.
Lo que le pidió a Claw
«Una pantalla con los quince alimentos que como siempre, cada uno con sus raciones al lado. Toco “pan, 40 g” y me suma 2. Que separe desayuno, comida, merienda y cena, que me dé el total del día bien grande, y que a medianoche empiece de cero pero me guarde el día anterior. Y un botón para copiar la semana entera como texto y pegarla en un correo.»
Lo que apareció
Una sola pantalla, sin menús ni pestañas. Nada que configurar antes de empezar:
- Quince botones grandes con sus alimentos y sus raciones, editables: se cambia el nombre, se cambia el número, se añade uno nuevo.
- Cuatro contadores, uno por comida, y el total del día arriba del todo.
- Historial de treinta días, que se archiva solo al cambiar de fecha.
- Botón “copiar semana”: deja el texto en el portapapeles, ordenado por días, listo para pegar en el correo de la consulta.
Faltaba una cosa. Cuando come fuera, Chema necesita meter una ración suelta que no está en su lista. Lo dijo tal cual y la app volvió con un campo de “otros” y su botón de sumar. Dos frases, y ya estaba.
Por qué mola que se genere aquí
Lo que Chema apunta —lo que come, cuándo, cuánto— es información médica suya. Al generarse la app dentro del navegador y funcionar dentro del navegador, esos datos no tienen a dónde ir: se quedan en su equipo. No hay registro, no hay servidor al que subir nada, no hay una casilla que aceptar sin leer.
Y hay un premio de consolación bastante bueno: como no depende de nadie, funciona en el metro, en el pueblo sin cobertura y en el restaurante con el wifi caído. La abre, toca cuatro botones y sigue comiendo. No es una app para todo el mundo. Es exactamente la app de Chema, con sus alimentos y su forma de contar. Eso, precisamente, es lo que ninguna tienda de aplicaciones puede tener en el catálogo.
Abre Elffuss Claw y pídele tu versión con tus palabras: se monta ahí mismo, en el navegador, sin instalar nada y sin que un solo dato tuyo salga del dispositivo.
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